En Álamos los Fantasmas no vienen del infierno

 

 

Los fantasmas de este lugar no proceden del infierno. Vienen más bien del desamor, la fatalidad y la ingratitud. Acaso podrían ser algo así como piezas de tango, dijo el profesor José Francisco Acuña Esquer, estudioso y conocedor del tema.

En otras palabras, dijo, no asustan a nadie porque tal no es su propósito. También en realidad, añadió, los aparecidos tienen que ver con una cuenta terrenal pendiente.

Por eso, puntualizó, su alma entra en pena, y no tanto porque se haya satanizado. En realidad, todo es porque se dejó algo que cumplir en esta vida, indicó.

El profesor Acuña Esquer perteneció a la Estudiantina de Álamos, es maestro del Centro Regional de Educación Normal de Navojoa y grabó un disco con el tema que accedió a desarrollar en la entrevista con DIARIO DEL MAYO.

¿Las historias de fantasmas tienen mucho arraigo en Álamos?

-Sí. Y es que, como todo buen pueblo, Álamos tiene sus historias. Y parte de las historias que se han venido coleccionando aquí, tiene que ver con una cuestión fantasmagórica. Álamos ha dado el contexto para que se hayan ideado esas historias.

– ¿Usted sabe sobre fantasmas?

-Cuando yo estaba chico, mi mamá me hacía comentarios al respecto. Por ejemplo, me contó que, a un tío mío, por andar de vago a medianoche, le salió una gallina con pollos cerca de la casa donde vivía. ¿Qué negocios tiene que hacer una gallina con pollos a medianoche? Mi tío asustó mucho. Otra de las manifestaciones que se da mucho en Álamos es que se dice: “Hay lumbre allá”. O bien: “Allá se asoma una sombra”. Y aquí dicen que donde hay fuego hay un entierro (dinero). Alguna vez, en la casa del tío de la historia de la gallina y los pollitos, decían que veían algo. Contaban que de vez en cuando se levantaba una llamarada desde el suelo. Decidieron excavar. Y sacaron del lugar donde decían que veían algo dos candelabros de plata en un costal de ixtle. Yo lo vi.

– ¿La llamarada fue real?

-Sí. Porque todo coincidió.

– ¿Qué piensa usted?

-Esos son los elementos que me empezaron a llamar la atención con respecto a los fantasmas.

– ¿Desde cuándo ocurrió eso en su caso?

-A muy temprana edad. Yo tendría unos ocho o nueve años cuando ocurrió lo de los candelabros.

– ¿Y qué me dice de la gallina y los pollitos que aparecieron a medianoche? ¿Dónde estaba usted?

-Yo no nacía todavía. Eso fue en los tiempos de juventud de mis tíos.

– ¿Cómo se interesó por los fantasmas?

-El tiempo pasa y me encuentro con un libro que se llama Fantasmas de Álamos, escrito por la señora Luisa Franklyn. Lo leí. Es un libro agotado. En su momento lo disfruté mucho.

-Conozco el libro. ¿Pero cuál es su opinión sobre el trabajo de la señora Franklyn?

-Creo que nos da ese contexto de un Álamos que resurge y vuelve a nacer.

– ¿Resurgir y renacer de Álamos?

-Sí. Un Álamos que vuelve a nacer después de la Revolución y lo que rescata Manuel Corbalá de las últimas manifestaciones empresariales e industriales que se quisieron dar aquí en los años 40 con una fábrica de zapatos que se quiso poner y que no funcionó. Entonces Álamos quedó en un letargo. Luego llegó la comunidad americana. Y Luisa Franklyn encuentra en su casa una buena posibilidad de incentivar al turismo con el libro de que hablo y que contiene historias que le contó la misma gente.

– ¿Cómo se originan en realidad las historias de fantasmas que hay en Álamos? ¿De dónde vienen? ¿Vienen realmente del más allá?

-Durante mucho tiempo consideré que eran historias del pueblo, es decir, generadas aquí mismo.

– ¿Y no fue así?

-No todas se generaron en Álamos. No todas. Tristemente me he dado cuenta de eso. Pero también, como explica el maestro Juan Vidal, son historias contextualizadas.

– ¿Lo que significa qué…?

-Que son historias que se ubicaron en este espacio en el que fueron acopladas. Y así se las contaron a la señora Franklyn. Una vez platicando con un maestro, sobre un proyecto, que luego le platico, me dijo: “Es que esa historia yo ya la escuché en Durango”. Yo le estaba platicando de uno de los fantasmas más característicos de Álamos. Y resultó que vino de otro lugar. De hecho, allá la leyenda se llama “Beatriz, la mujer de luna”. Y aquí entre nosotros esa leyenda es el fantasma de la Casa de las Delicias.

– ¿Cómo es la historia de las Delicias?

-El fantasma que se aparece en ese lugar era una mujer que en vida se enamoró de un hombre. Hay quienes dicen que éste era el jardinero de la casa. Hay quienes dicen que era un primo. Y hay quienes dicen que era medio hermano. El caso es que el amor no podía ser en ninguno de esos casos.

– ¿Y por qué no?

-Al jardinero hay que descartarlo por pobre. Si era primo también había que descartarlo por obvias razones. Y si era medio hermano pues peor. La historia nos dice que el papá de la muchacha pudo haber desaparecido al pretendiente. Y que la puso de novia con un militar. El día de la boda llovió mucho. Y fue cuando se mandó poner una alfombra de plata de la puerta de aquí donde estamos platicando (área de Los Portales) a la puerta de la iglesia (enfrente) para que ella no se mojara los zapatos.

-Al parecer eso es lo que vieron muchos. ¿Y los fantasmas?

-Sí. Es lo que la historia nos cuenta. Como regalo de bodas, a Beatriz le dieron la Quinta Las Delicias, enfrente del panteón. Cuenta la historia que ella salía de esta casa con el fin de pasear en Las Delicias. En vida debieron verla hacer ese recorrido.

– ¿Y el fantasma?

-La historia del fantasma que enmarca esta historia nos dice que, en Las Delicias, en el balcón este, por donde sale el sol, se puede ver una luz que baja por el balcón, pero sin que sea una figura. La luz se pierde por el jardín y cruza hasta el panteón. Quizá, dicen, podrí ser el novio que amaba realmente, en lugar del que le impusieron.

-Le voy a ser franco: este relato no se antoja muy terrorífico. Una luz que se desplaza, sin ninguna imagen de por medio, puede ser un cuadro de medianoche más o menos tolerable.

-Es lo bonito que tienen las historias de Álamos.

– ¿Qué?

-No dan miedo.

– ¿No espantan a nadie?

-Los cuentos o historias de que le hablo están enmarcados en el amor o el desamor. Y nos dan la oportunidad de percibir una imagen distinta del fantasma. Es decir, la imagen de una persona que sufrió por amor, que sufrió la decadencia del pueblo en los tiempos de la fiebre amarilla, que fue traicionada, que sintió el amor de lleno, pero sin realizarlo completamente.

– ¿Podría decirse que las historias que menciona tienen de alguna forma un sustento real?

-SÍ. Esto quiere decir que esas historias no dan la oportunidad de ver al muerto en vida. O sea, cómo sufrió, cómo vivió y cómo se fue en ese sentido al más allá para quedar penando.

– ¿Entonces la cuestión mfantasmagórica de Álamos no busca que la gente caiga en terror o en pánico? ¿No asustan a nadie?

-No necesariamente. Salvo que de buenas a primeras llegáramos a presenciar el espanto como tal. No es como hablar directamente, por ejemplo, de La Llorona. En el libro de Luis Franklyn también aparece una llorona.

– ¿Hubo o hay también una llorona en Álamos?

-Sí, según Luisa Franklyn. Y durante mucho tiempo nos asustaron con ella. Sirvió para que nuestros padres nos tuvieran a raya. Incluso, hasta creíamos escucharla. También aquí hay referencias sobre La Penitente. Así es llamada otra aparición distinta a La Llorona. En total, Luisa Franklyn recogió relatos sobre alrededor de 30 fantasmas ubicados en Álamos. Algunos se aparecen. Otros son una mera ilusión.

-Por lo que cuenta, y vale reiterarlo, los fantasmas de Álamos no son en rigor productos del mismo infierno, sino del desamor, la fatalidad o la ingratitud terrenales. Algo así como tramas de telenovelas.

-Sí, sí. Más bien cada relato se asemeja a un tango.

-Sin embargo, de acuerdo con nuestra cultura en la materia, los fantasmas o aparecidos tienen que ver con lo sobrenatural. Dicen que no hay fantasma buena gente. ¿Y dónde queda el Diablo en todo esto?

-Pienso que los relatos de que hablamos tienen que ver más que nada con una cuenta pendiente. O si, se quiere, con algo que quedó por cumplir. Por eso el alma pena. Y no tanto que se haya satanizado, sino que dejó algo por cumplir en esta vida.

-En el caso de los fantasmas de Álamos, ¿el terror o el miedo no son factores predominantes?

-No lo son. Y esta es la cosa curiosa.

– ¿Cuál?

-Cuando uno lee el libro de Luisa Franklyn se da oportunidad de entender a quien vivió las tristes historias que se relatan en sus páginas.

-Pero yo diría que no todo mundo en Álamos ha tenido la oportunidad de leer ese libro. Muchos tampoco van a leerlo.

-Ah, no. Cierto.

-Por eso, más allá del particular universo de la señora Franklyn, ¿cuál es el ámbito o contexto de los fantasmas en Álamos? ¿O ella reunió todo lo que hay que decir sobre el tema?

-No. Hay manifestaciones como la de la aparición a medianoche de la gallina y sus pollitos. El problema es que corretearon a mi tío, quien jamás volvió a salir en la noche con intenciones no amistosas. Hay que decir que el hecho que tiene que ver con los fantasmas en sí nos remite a una especie de cuidado o recelo.

– ¿Y dónde queda el miedo?

-En ese mismo recelo. Aunque las generaciones nuevas no tienen mucha curiosidad con respecto al tema de que hablamos. No tienen la curiosidad o apertura para lograr un acercamiento, no necesariamente con lo sobrenatural, pero sí con la posibilidad de que haya otros elementos aparte de los que solemos ver.

 

 

Fuente: Diario del Yaqui

 

 

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