Fiestas patronales

 

 

 

 

 

“Agosto y vendimia no es cada día, y sí cada año, unos con provecho y otros con daño”. Antiguo refrán español.

En un país de arraigadas, ancestrales tradiciones, las fiestas patronales son punto de encuentro, reencuentro, celebración, festejo de cosechas, júbilo agradecido por lo más preciado, mezcla de lo individual y lo comunitario. Ayer como hoy, afianzan identidad, estrechan lazos. Dan oportunidad a la gente de reconocerse en el patrimonio cultural compartido. De hecho, forman parte de lo que la UNESCO reconoce como patrimonio cultural inmaterial.

Ayuntamientos, ayudantías, comités organizadores, corren invitaciones por doquier, perifonean, publicitan por tierra, por aire (literalmente en ocasiones, al contratar avionetas para lanzar volantes) y por el ciberespacio. Los preparativos y logística se apoyan frecuentemente en el tequio y la mayordomía: pilares de la continuidad financiera y material de la tradición.

De las rancherías aledañas salen riadas de gente a celebrar, desembocan en un torrente de veneración, alborozo y fiesta. Los cohetes anuncian desde lejos el sitio de la fiesta; su fosforescencia alumbra el ánimo. De lleno en el sitio, la música se funde con la irrupción, luego franca estampida de toritos, castillos, chinampinas, buscapiés y chifladores.

Como aves migratorias, muchos acuden desde lejos a honrar, venerar y disfrutar aquello que forma parte de sus raíces. Buscan una cita con sus orígenes, el redescubrimiento de su cultura, incluso llenar los vacíos horadados por la alienación cultural producto de su inserción incompleta en otros países o ciudades.

Para muchos comerciantes estos son días de apuesta por la captación de recursos. Gana el elotero, el dulcero, el vendedor de papas fritas, el de algodones de azúcar, la totopera, las costureras que confeccionan vestimentas, los vendedores de cerveza y espirituosas, los artesanos, los panaderos locales y de pueblos con renombre regional en la tahonería. Apuestan a ganar ellos y muchos más.

Este tipo de festividades es también parte del ciclo de negocios itinerantes. Los empresarios de juegos mecánicos, los artesanos pirotécnicos, a veces devenidos en pequeños empresarios, recorren el país de pueblo en pueblo. Es una economía subterránea con efectos que salen a la superficie como veneros alimentadores de la estacionalidad económica de muchas regiones de México.

Sin embargo, en ocasiones los sueños de hacer agosto, corren el riesgo de ser quebrantados en julio, como lo ejemplifica la masacre ocurrida en Santo Domingo Petapa, Oaxaca, en vísperas de las fiestas patronales. El modus operandi: un comando de terror segó las jóvenes vidas de seis hombres y una mujer. En cualquier lugar del mundo sería un hecho terrible, pero peor aún para una comunidad de aproximadamente 6,000 habitantes.

Allá, como antes en Ciudad Alemán, Tamps., Uruapan, Mich., Ciudad Juárez, Chih., Boca del Río, Ver., Jiutepec, Mor., Guaymas, Son., y tantas otras ciudades y poblados de todo el país, los borbollones de sangre, sobre todo joven, tiñen la nota roja, alimentan ayes y lamentos de una nación en estupor. Como hebrillas de algodón de azúcar color escarlata, muchas vidas son arrancadas por la interminable ventisca de violencia impredecible, indiscriminada, desbocada, rampante. Faltan adjetivos para describirla.

Ajeno a tanta muerte, lleno de vida, el quinteto juvenil de música de cámara “BEBAJNI” llega a Santo Domingo Petapa, Oaxaca. Leonel Aldino Desena, clarinetista y compositor, originario de este pueblo, invitó a cuatro amigos estudiantes de la Escuela Superior de Música del Instituto Nacional de Bellas Artes a presentarse junto a él en el marco de la fiesta patronal en honor de Santo Domingo de Guzmán, previa escala en la Ciudad de Oaxaca. Respondiendo al llamado, Natalia Medina Levin, pianista; Juan Emiliano Álvarez Jiménez, violinista; Ruth Nicté Napoleón Tizatl, flautista transversal; Luis Ángel Ballesteros Apodaca; violonchelista, lo acompañan en el ensamble viajero. Se les suma la arreglista Gabriela Maravilla Aupart.

Tan alegres de naturaleza, aún cimbrados por el dolor, durante el concierto en la Casa de Cultura Lo Ngubidsa, los lugareños manifiestan su aprecio y deleite por la música de cámara, género poco común para la región. El encuentro en un entorno convulso, donde la alegría optimista se sobrepone al abatimiento, inspira a los jóvenes músicos, acompañan con sus notas los sentimientos de los dominganos y la gente del Istmo de Tehuantepec. La interpretación de la obra musical Pedro y el Lobo contó con la participación y sinergia de la maestra Neyra Desena Rasgado, sus alumnos y los integrantes del club de danza Ni Ruyeé, como representantes de la vida cultural de Santo Domingo Petapa.

En su futuro como músicos profesionales la experiencia istmeña vivirá en la interpretación de pentagramas anunciadores de un futuro inspirado en un presente trabajado nota a nota, brazo a brazo.

Contra el ruido sordo de la destrucción: el poder transformador y propositivo de la música y las artes. Primero se ganan las almas individuales, luego las voluntades concertadas construyen sus propios fuertes de resistencia. Así, la avanzada de toda lucha por lograr cambios positivos suele ser vehiculada por el arte. La ilusión viaja en tranvía, diría el cineasta Luis Buñuel, fiel retratista del alma mexicana en su tiempo.

 

 

 

 

Fuente: Medios.

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